MIS MUJERES POETAS FRENTE AL HORROR

Para mí, Anna Ajmátova y Marina Tsvietáieva fueron una sorpresa de amor. La poesía me condujo a ellas, y al elegir ese camino pude descubrirlas. Por supuesto, León Tolstói llegó mucho antes a fascinarme con sus novelas, con sus cuentos y con sus diarios, en los que se juzga a sí mismo como un asesino moral: alguien que tuvo que comprender la pasión de tener las manos ensangrentadas para poder ser buen escritor. Estas mujeres no tuvieron la misma facilidad que tuvo Tolstói para publicar. Contrariamente a él, amado por el sistema, ellas fueron las perseguidas: las poetas rusas del siglo de plata.
Una, orillada al suicidio, de la misma manera que Reinaldo Arenas en la dictadura cubana, antes de morir le dijo a su hijo, en una carta, que, tras la muerte por inanición de su hija y el asesinato de su marido, ya no le quedaban fuerzas para seguir viviendo. Finalmente decide suicidarse, ahorcándose en un bosque helado. No era una poeta común: fue también una mujer que vivió su deseo sin someterlo a la norma; mantenía relaciones sáficas con su editora, Sofía Parnok, poeta independiente. Su amor fulguró entre 1914 y 1915. Nos encontramos ante una poeta perseguida por el totalitarismo que definió Hannah Arendt, pero también ante una poeta de amor y un símbolo de la diversidad sexual. Recordemos que, incluso hoy en día, en la Rusia contemporánea, se golpea y se persigue legalmente a los homosexuales. El mismo gobierno condena la homosexualidad y la persigue. Estoy hablando, a grandes rasgos, de una de las más grandes poetas de amor de Rusia.
La segunda poeta que, en esta celebración del Día del Niño, nos importa rescatar es Anna Ajmátova. Anna vio a su hijo, Lev Gumiliov, encarcelado en el Gulag, donde pasó años de cautiverio. Ella ya no podía publicar poesía y, si la encontraban con un manuscrito, sería ejecutada por la dictadura bolchevique; así que tuvo que aprender sus versos de memoria para sobrevivir en el totalitarismo del siglo XX. En el caso de ambas poetas, llegaron a mí siendo muy joven, por sus hermosos versos de amor; tuve que convertirme en adulto para comprender otros aspectos de sus vidas. A su primer marido, Nikolái Gumiliov, lo asesinaron los bolcheviques; a su segundo marido, Nikolái Punin, le tocó morir en un campo de concentración.
Anna escribió, pero en su mente, un poema llamado Réquiem: un “papelito” que tuvo que circular, como el Primero sueño de Sor Juana, entre sus amigos; pero no como objeto, sino como un papiro con la llam de la libertad: un poema que once de sus amigos aprendieron de memoria, porque, si era encontrado por los agentes secretos de la dictadura rusa, habría significado la pena de muerte para ella y para todos los cómplices de la poesía. En el Réquiem narra lo que observa cada vez que va a esperar a las afueras del Gulag por la posible muerte de su hijo, Lev Gumiliov; aunque su hijo sobrevive, la poeta alcanza a ver los mecanismos del horror y comparte con otras madres, con mujeres desconocidas, la hermandad del sufrimiento a las puertas de ese campo de concentración.
Un día, a las puertas de ese centro del horror, una mujer se da cuenta de que Ajmátova es poeta; al reconocerla, le preguntó si podía narrar lo que estaban viviendo todas esas mujeres. Anna solo asiente con la cabeza. Cuando yo era jovencito, lloré con los poemas de amor de Ajmátova; cuando me separé de mi primera relación estable, lloré con un poema de amor de ella, que también parafraseé en una versión homosexual. Y hace pocos años, después de haber integrado a mi vida a Hannah Arendt, a Doris Lessing, a Herta Müller, a Yiyun Li y a Ayn Rand, me enfrenté por primera vez al Réquiem, ya como adulto consciente de lo que lee, no solo arrastrado por la emoción; pero, aun así, el poema también me hizo llorar: pude reconocer el dolor de la poeta.
Aquí brilla una estrella: la del martillo y la hoz, signo de muerte y de grito colectivo, teñida de sangre y del sollozo de las mujeres que aúllan como animales a un lado de la poeta, cada vez que reciben la noticia de que su hijo ha sido asesinado en el Gulag.
Se habla mucho de los poetas rusos, de los grandes cómplices del movimiento bolchevique, pero casi nunca de las voces de las mujeres. Y esas voces, más allá de haber sido calladas por la misoginia rusa —que la misma Sofía Tolstói describe en sus diarios, al mostrar cómo León Tolstói, siendo un hombre de ideas avanzadas, podía ser al mismo tiempo profundamente misógino—, dan testimonio de los horrores del totalitarismo. Por eso, hoy más que nunca, son esenciales en una narrativa internacional que pretende borrar los horrores históricos en nombre de cualquier sistema que subordine al individuo a un ideal colectivo.
Sobre todo, soy un poeta mexicano que aprendió a pensar con Sor Juana, quien también enfrentó una forma de imposición intelectual bajo la Inquisición. Por eso no puedo aceptar injusticias en nombre de un “pueblo bueno”, de una “causa buena” o de ningún bienestar impuesto. Yo cambiaría la vida de todos los políticos del mundo por la vida de las poetas. Porque, ante las mentiras del poder, la poesía no es consuelo: es afirmación de vida.

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